Jugar i jugar castellà


Salir a la Vida
mayo 4, 2012, 1:19 pm
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Una madre de la Escuela Itaca de Manresa nos hizo llegar ayer esta pequeña joya.  Nos explicó que Fina Monell, jefa de estudios de la escuela, organiza cada 4 o 5 semanas unas tertulias con padres y madres de la escuela y en una de esas sesiones repartió este cuento. Nos ha parecido un texto muy bonito y que invita a reflexionar

Esperamos que os guste tanto como a nosotras.

Salir a la Vida

Foto de Vincent  Teeuwen

Foto de Vincent Teeuwen

Mi madre nació y creció en el campo entre animales, pájaros y flores. Ella nos explicó que una mañana, mientras paseaba por el bosque recogiendo ramas caídas para encender el fuego, vio un capullo de mariposa colgando de un tallo. Pensó que sería más seguro para la pobre larva llevársela a casa y adoptarla bajo su tutela.

Cuando llegó, la puso debajo de una lámpara para que tuviera calor y cerca de una ventana para que no le faltara aire. Durante las siguientes horas, estuvo a lado de su protegida esperando el gran momento. Después de una larga espera, que no se acabó hasta la madrugada siguiente, la niña vio como el capullo se rasgaba y una pequeña patita peluda sacaba la nariz desde dentro.
Todo era mágico y mi madre nos explicaba que tenía la sensación de estar viendo un milagro. Pero de pronto, el milagro se volvió en tragedia. La pequeña mariposa parecía no tener fuerza suficiente para romper el tejido de la cápsula que la envolvía. Por más fuerza que hacía, no conseguía salir de la pequeña perforación del efímero habitáculo.
Mi madre no podía quedarse sin hacer nada. Fue a la habitación de las herramientas y tomó un par de pinzas delicadas y unas largas tijeras, finas y afiladas que la abuela utilizaba para los bordados. Con mucho cuidado de no tocar al insecto, fue cortando una ventana en el capullo para permitir que la mariposa saliera.
Después de unos minutos de angustia, la pobre mariposa consiguió dejar atrás su prisión y caminó tambaleándose hacia la luz que venía desde la ventana.
Mi madre explicaba que llena de emoción, abrió la ventana para despedir a la mariposa en el que sería su vuelo inaugural. Pero la mariposa no salió volando, ni siquiera cuando con la punta de las pinzas mi madre la tocó suavemente. Pensó que estaba espantada por su presencia y la dejó cerca de la ventana abierta, segura de que no la encontraría cuando volviera.
Después de jugar toda la tarde, mi madre entro de nuevo en su habitación y encontró a lado de la ventana la mariposa inmóvil, las alitas estaban enganchadas al cuerpo, las patitas rectas hacia el techo. Mi madre siempre nos explicaba con cuánta angustia había llevado el insecto a su padre, para explicarle todo lo que había pasado y preguntarle qué más habría podido hacer para ayudarla. Mi abuelo, que parece que era uno de esos sabios sin estudios que corren por el mundo, le acarició la cabeza con dulzura y le dijo que no había nada más que ella hubiera podido hacer, que en realidad, la buena ayuda hubiera sido hacer menos y no más.
Las mariposas necesitan este terrible esfuerzo que significa salir de su prisión para poder vivir, porque durante estos instantes, le explicaba el abuelo, el corazón palpita con muchísima fuerza y la presión que se genera en su primitivo árbol circulatorio inyecta sangre en las alas, que de esta manera se expanden y la capacitan para volar.
Aquella mariposa a la que se ayudó a salir de su capullo nunca pudo extender las alas, porque mi madre no la había dejado luchar por su vida.
Mi madre muchas veces nos decía que le hubiera gustado aplanarnos el camino, pero entonces se acordaba de su mariposa y prefería dejarnos inyectar nuestras alas con la fuerza de nuestro propio corazón.



A Jugar con el bastón
marzo 16, 2012, 1:11 pm
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A Jugar con el Bastón Gianni Rodari

Foto de veyis Polat

Foto de Veyis Polat

Un día el pequeño Claudio jugaba en el zaguán, y por la calle pasó un anciano con los lentes de oro, que caminaba encorvado, apoyándose en un bastón, y precisamente delante del portón se le cayó el bastón.
Claudio fue presuroso a recogérselo y se lo dio al viejo, que le sonrió y dijo:
-Gracias, pero no me sirve. Puedo caminar muy bien sin él. Si te gusta, te lo regalo.
Y sin esperar respuesta se alejó, y parecía menos encorvado que antes.
Claudio permaneció allí con el bastón entre las manos sin saber qué hacer.
Era un bastón común de madera, con el mango curvo y la punta de hierro, y no se notaba nada más especial. Claudio golpeó dos o tres veces la punta en el suelo, después, casi sin pensarlo montó en el bastón y he aquí que no era más un bastón, sino un caballo, un maravilloso potro negro con una estrella blanca en la frente, que se lanzó al galope alrededor del patio, relinchando y haciendo salir centellas de los guijarros.
Cuando Claudio, un poco maravillado y un poco asustado, logró poner el pie en el suelo, el bastón era nuevamente un bastón, y no tenía cascos sino una sencilla punta oxidada, ni crines del caballo, sino el mismo mango encorvado.
-Quiero probar de nuevo -dijo Claudio, cuando logró recobrar el aliento.
Montó de nuevo el bastón, y esta vez no fue un caballo, sino un solemne camello con dos jorobas- y el patio era un inmenso desierto para atravesar, pero Claudio no tenía miedo y observaba desde lejos, para ver aparecer el oasis.
– «Ciertamente es un bastón encantado», se dijo Claudio, montándolo por tercera vez.
Ahora era un automóvil de carreras, todo rojo con el número escrito en blanco sobre el capó, y el patio una pista ruidosa, y Claudio llegaba siempre el primero a la meta.
Después, el bastón fue una motonave y el patio un lago con aguas tranquilas y verdes, y después una nave espacial que surcaba los espacios, dejando tras de sí una estela de estrellas.
Cada vez que Claudio ponía el pie en tierra el bastón tomaba su aspecto pacífico, el mango lúcido, el viejo herrete. La tarde pasó rápida entre aquellos juegos.
Hacia la noche Claudio se asomó hacia la carretera, y he aquí que ve al viejo con los lentes de oro.
Claudio lo observó con curiosidad, pero no pudo ver en él nada de especial: era un viejo señor cualquiera, un poco cansado por el paseo.
-Te gusta el bastón?, preguntó sonriendo a Claudio. Claudio creyó que se lo pedía, y se lo alargó, enrojeciendo. Pero el viejo hizo señal de que no.
-Tenlo, tenlo, dijo. ¿Qué hago yo con un bastón? Tú puedes volar, yo sólo podré apoyarme. Me apoyaré en el muro y será lo mismo.
Y se fue sonriendo, porque no hay persona más feliz que el viejo que puede regalar alguna cosa a un niño.



febrero 24, 2012, 7:59 pm
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Quince minutos

… que no necesitan palabras.



enero 18, 2012, 7:33 pm
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Algunos deseos 2012

Si la Navidad es tiempo de encuentros y agradecimientos y Diciembre, en cierto modo, cierra un ciclo, Enero es un mes de inicios. Estrenamos calendario, y no sólo en papel o electrónico, sino también interno. Nos hacemos propósitos y nos damos objetivos, pero también imaginamos y soñamos despiertos. Es tiempo de renovación, y merece la pena creer que podemos reinventarlo todo, si nos movemos por los deseos que nos hacen crecer.

Aquí van algunos de los nuestros, anotados como en un post-it en la nevera, al lado de la lista de la compra. Para que no nos falten estos ingredientes en la despensa. Para no perderlos de vista.

¿Cuáles son los vuestros?

Jesse Barker

Un puñado de sueños nuevecitos para llevar en los bolsillos.

Una mirada abierta para dejarnos sorprender cada día.

Un rato para recordar lo que merece la pena.

Una apuesta tozuda por las iniciativas que nos motivan.

Una curiosidad viva para preguntar y para preguntarnos.

Un justo equilibrio entre fuerza y ternura.

Y una aventura, larga y fructífera, para compartir con vosotros.



enero 10, 2012, 9:17 pm
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Claudio Sourrue

Así como la danza nos cuenta algo

que sólo con danza se puede contar,

los juegos enseñan cosas

que sólo los juegos pueden enseñar,

y que no pueden traducirse en palabras.

Luís M. Pescetti



diciembre 11, 2011, 11:53 am
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Mira lo que he hecho: un árbol de otoño


Anna Ortiz



diciembre 4, 2011, 5:27 pm
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Prohibido subirse a los árboles

victor.ramos

“¡Hay una escuela que permite a los niños y niñas subirse solos a los árboles del patio!”.

No me cuesta mucho imaginar un titular como éste en las portadas de los periódicos en un futuro próximo, porque los juegos a los que tienen acceso nuestros hijos son de bonitos colores, pero tan domesticados que no estoy muy seguro de que merezcan el nombre de juegos.

Hoy el juego debe tener absolutamente garantizada la seguridad. Que ningún niño o niña se pueda hacer daño. Pero de esta manera estamos negando a las criaturas la posibilidad de la experiencia aventurera. Entiendo perfectamente que los maestros quieran ser previsores para ahorrarse problemas en caso del más pequeño accidente, pero me pregunto si un niño que no ha tenido ninguna posibilidad de romperse un brazo ha disfrutado realmente de una infancia. Me viene a la mente ahora el niño Pío Baroja soñando con el mar desde las ramas más altas de un árbol, en un parque de Pamplona. Al regresar a casa leía Werther, Robinson, La Isla Misteriosa, y armaba una auténtica esquadra de barcos de cartón que botaba en una fuente cercana a su casa. A mi me hubiera gustado –recuerda en sus memorias- ser como Robinson Crusoe, y cuando tenía esta aspiración me subía, al anochecer, a mi árbol y soñaba con islas desiertas”.

Hoy ningún árbol puede competir en atractivos con la pantalla de un ordenador. Quizá la pantalla sea el camino hacia el futuro, pero entonces ese futuro lo veo lleno de personas sedentarias, torpes y con sobrepeso, que jamás se han subido a un árbol. Probablemente tendrán acceso a todo tipo de imágenes, pero no se habrán hecho suya ninguna, mientras, sentados sobre la rama de un árbol, balancean sus piernas sobre el vacío.

Gregorio Luri es Doctor en filosofía y educador

Publicado en el suplemento Criatures del periódico ARA (12 de noviembre 2011).

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